Hoy llovió como nunca, o como siempre, pero lo sentí fatal porque estaba cansada, un toque resfriada y algo desmoralizada. Septiembre fue hecho para la primavera, no para 11 grados, bufanda y dos sacos.
Volvía de BSP de laburar feliz, esquivando charcos que en Tigre son tan frecuentes como casas. Sí. Casas. O sea que un montón. Y pisé uno. CHAS. Enchastre total, zapatilla de tela empapada y frío polar en los pies. Vaya uno a saber porqué ese hecho aconteció junto a una verdulería, tan colorida como sólo una verdulería puede ser. Y en vez de recagarme en todo lo que se menea, me tildé con los tomates de un rojo furioso y las lechugas, que a más de 40 km de Capital, parecen lo que son: plantas y no patéticas excusas de hojas deshechas. Verduras. Nada más. Verduras coloridas, verduras de aspecto sano, verduras impávidas a la lluvia, al frío polar y a mi pie mojado. De alguna forma me recordaron en ese instante todo lo que me gusta, todo lo que me hace bien y, de alguna otra forma, más extraña aún, me hicieron sentir que iba por el buen camino y que algún día, ellas sabrán cuándo, voy a dedicarme solamente a lo mío. A las fotos. A escribir. A linkear. Vaya sensación... no cualquier verdura, ¿eh?
Y va esta foto porque me encanta. Y punto.

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